Cuando se toca fondo y la única salida es Cristo…

mi vida se fracciona en dos partes antagónicas, un antes y un después; ¿De qué? De solo creer en mí y por otro lado de tener fe en Dios.
Cuando niño, fui monaguillo en la iglesia de mi pueblo, en el cual cursé mis estudios secundarios que luego proseguí en la Facultad de Ciencias Veterinarias de Esperanza (Santa Fe). Abandonando mis estudios, comencé a trabajar en una empresa multinacional, en la cual mis ingresos monetarios me enceguecieron. Pude comprarme un vehículo 0km y comencé a acceder a un montón de posibilidades que terminaron trastornándome la vida. Todo resultó muy fácil, sin espinas, sin escollos, pero lo más importante no lo sabía; que sin el Señor, al final estaría en el abismo.
A todos los miraba desde arriba, cómo el cóndor… soberbio, mentiroso, con conductas impropias.  La humildad no estaba en mi diccionario, compraba todo con dinero, y por lógica sucedió lo anterior, al cóndor lo derribaron de un golpe y cayó hasta dar contra el suelo, todo se derrumbó. Todo lo fui construyendo en la arena, sin cimientos, sin el SOBERANO al lado mío, sin una roca que me sostenga. El conductor de mi vida era yo y no Dios. Así me fue; en dos meses perdí todo lo realizado y trabajado en veinte años, por no tener basamento, por no conocer y no dejar que Dios guíe mis acciones. Este fue el primer llamado de atención, el primer aviso del Señor que no escuché.
Tanta era mi miseria que juntaba sobras de cigarrillos en las paradas de colectivo para poder fumar aunque sea algo; perdí todo, me fui de mi casa y abandoné mi familia, estaba a la deriva, hasta que el Señor pone delante de mí otro trabajo, la segunda oportunidad que Dios me otorga, pero yo seguí por el mismo camino.
En medio de este caos e inmerso en una desesperante soledad conozco a mi actual esposa, María Rosa, pero lamentablemente seguí por el mismo camino, no el estrecho por el que transitan muy pocos, sino por el más fácil, el ancho, donde entran todos y donde el final es oscuridad y tinieblas. Lastimosamente caigo otra vez, por no estar al lado del Señor, pero ahora con el “alcohol”. Me levantaba a las 6 de la mañana, como en época de estudiante, pero para tomar vino, así hasta la noche. Incluso he llegado a tomar alcohol etílico mezclado con agua.
Imagínese lo que debe haber sufrido, padecido, soportado mi esposa. Ella escuchaba insultos, improperios, falta de respeto, heridas que hoy están cicatrizadas por obra de Dios, al cual ella se aferró y jamás abandonó; todo lo contrario, Él la utilizó como también a mi hermano sanguíneo y a otros hermanos de la Iglesia Centro Familiar Cristiano, tales como el Pastor Daniel Hurtado y su esposa Alicia, José Pizarra, y a todos los que sin conocerme oraron por mí.María Rosa y mi hermano menor fueron los únicos de ambas familias que creyeron en mí, para los demás era un caso perdido.
A fines de febrero de 2011, Dios dijo hasta aquí llegaste. Con el propósito de encontrar una salida, me interné en una granja de recuperación de adictos, era un lugar lúgubre, convivía con adictos a la cocaína, heroína, morfina, marihuana, supuestamente en recuperación, nada más alejado de la realidad.
A los 15 días de estar allí tengo mi primera visita: María Rosa, yo lloraba más que ella, era un cadáver caminando, mi reacción fue instantánea; no podía seguir en esta miseria espiritual y física. A los pocos días me visita el hermano José Pizarra, al cual le rogaba que me saque de ese lugar, y luego vino a verme el Pastor Daniel, con el cual más que hablar lloré y manifesté mi anhelo de cambiar de vida.
A los dos o tres días de la visita del Pastor se produce algo maravilloso, muy difícil de explicar y mucho más para el que no lo sintió o vivió nunca, o el que no cree, lo que llamo hoy un milagro. Escucho una voz en mi interior que me decía: “tengo esta soga, es la más fuerte, pero ten cuidado porque es la última”. Ese día entendí que debía parar y entregar mi vida a Cristo, solo Él podía salvarme, era mi última oportunidad, para mí esto fue volver a nacer, como Jesús le dijo a Nicodemo. Todo comenzó a cambiar a partir de allí.
Salí de ese Centro de recuperación con Cristo en mi corazón, volví a mi hogar junto a mi esposa, comencé a congregarme, fui discipulado en la fe por más de 6 meses, luego me bauticé. Hoy me siento muy feliz, mi matrimonio cambió, la bebida quedó atrás, trabajo y sirvo a Cristo con mucha gratitud. Con mis 62 años de vida física, celebro mis 2 años y 1 mes de vida espiritual.
En forma muy breve y escueta este es mi testimonio, para que todos los que lo lean sepan que hay un solo camino a la salvación, que se llama Jesucristo. Sin Él no somos nada. No tengo bienes, no tengo dinero, pero poseo algo que muchos debieran tener, me siento lleno del Señor (Efesios 5.18).
¿Podemos realizar cosas sin Dios? Sí, pero son efímeras y sin sustento, nos conducen al vacío. ¿Podemos hacer cosas con Dios? Sí, Todo, y como si eso fuera poco, podemos poseer sin merecerlo, el regalo del perdón de nuestros pecados y la vida eterna junto a Él.

Así lo dice la Biblia en 2º Corintios 5.17: “Ahora que estamos unidos a Cristo, somos una nueva creación, Dios no tiene en cuenta nuestro pasado, sino que nos hace comenzar una vida nueva.”
Termino con las palabras más hermosas que puedo pronunciar: GRACIAS a DIOS y a todos los que me ayudaron. Yo soy salvo, ¿y vos?

Jorge Conti, Santa Fe